23 de febrero de 2013

La fiesta del fútbol

Bradford – Swansea, una final inédita. ¿Cuántas veces habremos escuchado eso de final inédita? probablemente muchas. Pero aún así, esta final cuenta con elementos diferenciales suficientes para ser considerada más que genuina. Quizás sea la situación que atraviesan o han vivido los protagonistas, quizás la ausencia de un denominado grande repleto de estrellas, o quizás que uno de los contendientes esté a 90 minutos de completar una de las mayores hazañas que se recuerdan en el fútbol mundial, pero lo que es indudable, es el halo de romanticismo futbolístico que envuelve a esta final, y que la hacen ser infinitamente atrayente.


No hay equipo de campanillas, no hay equipo con obligación de llevar algún título por temporada a sus vitrinas, pero si hay favorito, y a priori, muy claro. El Swansea, residente en el sur del País de Gales, se ha aclimatado a las mil maravillas a la zona noble de la Premier League. Pero el camino recorrido no ha sido nada fácil. Su historia es la de un humilde que se ha tenido que batir el cobre en los estadios más inhóspitos del fútbol inglés. Apenas un par de temporadas en la máxima categoría, en la década de los 80 y con John Benjamin Toshack en el banquillo, alumbraban la aventura del Swansea. Hasta que llegó el curso 2010-2011. Entonces, Brendan Rodgers situó al equipo en la élite, consiguiendo un ascenso impregnado por un marcado cariz español, el que había sido capaz de implantar Roberto Martínez. El hoy entrenador del Wigan, comenzó su andadura como entrenador en el Swansea, del que había sido jugador hasta pocos meses antes, en Febrero de 2007. En ese corto espacio de tiempo hasta final de temporada no fue capaz de meter al equipo en la promoción por el ascenso. La siguiente campaña, pudiendo planificarla desde el principio, hizo al Swansea campeón de League One -la equivalente a la segunda B en España-. Era un equipo totalmente reconocible. Que abogaba por un juego asociativo y ofensivo. El estilo tuvo continuidad en el portugués Paulo Sosa primero, en Rodgers después, y por Laudrup en la actualidad. Ahora, el Swansea es un equipo agradable de ver para cualquier espectador, con varios jugadores que poseen muy buen cartel en el mercado, y un club con un porvenir, en teoría, más que halagüeño en el imprevisible mundo del fútbol.

Una oportunidad de oro. La posibilidad de alzarse con esta Capital One Cup es una ocasión que probablemente no se repita más, y si lo hace, seguramente tarde demasiado. Desde esa perspectiva ve la final el que ya es el gran vencedor de esta copa. El Bradford es el paradigma perfecto del sufridor que jamás se da por vencido. La vida no es sencilla para nadie, pero mucho menos para este modesto del norte de Inglaterra, que ha tenido que sobrevivir a perder en los campos de batalla de la I Guerra Mundial al jugador que les dio el que hasta la fecha es el único gran título del que presumen sus vitrinas, a un incendio que asoló su estadio y se llevó la vida de 56 personas, o a varias crisis económicas de gran magnitud que han estado a punto de acabar con el club. Siempre se ha levantado. Estuvo 77 años militando en las divisiones inferiores del fútbol inglés, para volver a la Premier en 1999. Esa misma temporada, volvió a descender al pozo de la Championship. Ahora, 14 años después de competir cada semana con los mejores, ha vuelto por la puerta grande, tirando de épica, pero también de argumentos futbolísticos para poner patas arriba a todo el fútbol inglés. Por supuesto, el lado emotivo que destila este humilde sin complejos también estará presente en la final. Cuando se consumó el pase a la final del Bradford en Villa Park, una de las imágenes de la noche fue la de ver al capitán del equipo, Gary Jones, dirigirse hacia la grada donde se encontraban sus extasiados hinchas, para darle un beso a un pequeño aficionado de tan solo 9 años que padece una grave enfermedad. Ese niño se llama Jake Turton, y mañana recorrerá el camino que va desde los vestuarios hasta el césped junto a los jugadores del Bradford.


El tiempo nos dirá si esta final es una ocasión única o un peldaño más en el crecimiento del Swansea. El fútbol, será quien dicte si el Bradford entrará o no en los anales de la historia para escribir su nombre con letras de oro. El escenario, un Wembley que lucirá sus mejores galas, no puede ser más emblemático. Uno de ellos levantará la copa, el otro, seguramente lo observe desde el césped, con sus mejillas repleta de lágrimas y con la desdicha del que ha tenido la gloria al alcance de su mano y no ha podido agarrarla. Pero una cosa está clara, esta final no tendrá perdedor. Es otra de las particularidades de esta final inédita.