20 de junio de 2013

Sueño de una noche de verano


Cerca de medianoche, está a punto de empezar un encuentro de un torneo de selecciones con bastante cartel, pero que en la mayoría de enfrentamientos suelen quedarse en mucho ruido y pocas nueces. Gana el favorito con demasiada frecuencia. Como el cansancio comienza a hacer mella, pero un partido de fútbol siempre es atrayente, le das los primeros minutos para ver si merece la pena seguir tragándote lo demás.

Y vaya si merece. Empiezas a ver a una selección de la que el narrador y su amigo de turno apenas conocen un par de palabras. La de sus nombres. Van como motos y esa moto se está llevando por delante a uno de los gigantes. La cosa se pone interesante. Piensas en el helado, pero ya es demasiado tarde. Esto ha dejado de ser un partido de cierto entretenimiento para convertirse en un foco del que sorber información. Y disfrutar, porque observas que a un 'todopoderoso' como es Italia, que de la mano de Prandelli ha cambiado radicalmente el estilo histórico que lo ha hecho reconocible y está consiguiendo un éxito estético digno de admirar, lo están apabullando una legión de pequeños de ojos rasgados que corren a la velocidad de la luz. 

Desde la fascinación que me produjeron los 90' de los nipones, intentaré transmitir lo que hicieron los japoneses. Ensancharon el campo desde el primer instante. Tocaron, mucho y muy bien. Una velocidad en la transición de balón estupenda y una altísima precisión en un juego combinativo que hizo saltar por los aires la idea de Italia y el plan de Cesare. De hecho, a la media hora de partido llegaba el primer cambio transalpino. Fuera Aquilani, dentro Giovinco. El repaso estaba siendo importante. Ni así. Al momento Shinji Kagawa colocaba el 2-0.

Reaccionó Italia antes del descanso. Bueno, mejor dicho, anotó un gol en otra genialidad de Pirlo, para poner en bandeja un testarazo de De Rossi. Ya en ese momento dejaban entrever los japoneses una ternura defensiva preocupante. Tanto, que en un abrir y cerrar de ojos, nos fuimos al descanso, volvimos, y en otro error defensivo de Japón y un penalti 'light' señalado a favor de Italia, los 'azzurros' le dieron la vuelta al duelo. 

Cuando parecía que todo lo anterior moriría en una lenta agonía de tedio e intranscendencia, Japón se lió la manta a la cabeza y se propuso fascinarnos aún más. Defensa de 3, más toque, más velocidad, más agresividad con la pelota, más descaro, más verticalidad, más ganas de ganar si caben. Se lanzaron al cuello italiano, les empataron, los tuvieron en ese alambre en el que tan bien se maneja Italia, y cuando el campo estaba totalmente inclinado hacia Buffon, De Rossi se inventó un pase perfecto, y Giovinco asestó una puñalada mortal a las ansias de victoria de Japón.


Tampoco se rindieron ahora. Corrieron todavía más (¿¡se puede!?). Honda culminó un partido primoroso y Japón siguió teniendo acongojada a Italia. No lo conseguiría. Volvió a perder la oportunidad de ganar a un grande y hacer algo realmente importante. Quedó fuera de la Confederaciones, pero para algunos, quizás eso fue lo de menos. No para los japoneses, por supuesto. Pero las dos horas de placer improvisado que Japón nos regaló ayer deberían tener un premio mucho mayor. La valentía, el coraje y la vistosidad de su propuesta no tuvieron límites. Se despojaron de toda timidez y complejo que les pueda acuciar en las grandes citas. Ayer solo faltó la puntería, ese milímetro que te da la gloria o te la quita según multitud de factores que actúan en una décima de segundo decisiva. Un elemento demasiado ínfimo como para impedir quitarnos el sombrero ante la Japón que ayer nos enamoró. Cuando todo acabó, me quedaron dos sensaciones sumamente personales. La primera, en estos partidos el marcador me da absolutamente igual. La segunda, Japón consiguió quitarme el sueño.