18 de diciembre de 2012

Live is life, Diego.


La historia de hoy es una de esas historias mágicas que perduran en el tiempo, una de esas narraciones líricas aptas para todos los públicos, una de esas fábulas que hacen de algo sin aparente contenido, uno de los momentos más recordados de todos los tiempos. Es la historia de un mito, de un escenario idílico, de una canción y de unas botas con los cordones desabrochados. Y que botas, ay Dios mío...

Corría el año 1989 y por aquel entonces, el fútbol era cosa de un astro argentino. Un hombre bajito, rápido como ninguno e implacable como pocos, zurdo de pie y gambeteador de nacimiento. Repito, año 1989, por si alguno se había despistado con las descripciones. El escenario, San Paolo, el mítico estadio del Nápoles, o Napoli, para los más románticos. El contexto, un calentamiento. Pero no un simple calentamiento cualquiera, Dios me libre, si no un calentamiento muy especial, no por lo que iba a pasar a continuación, que también, si no que ya venía marcado de antes por factores ajenos a esta narrativa. Sobre el verde dos equipos, el propio Napoli y el Bayern de Múnich, un Bayern que por entonces entrenaba Jupp Heynckes, que cosas verdad... Pero en ese momento pocos dirigían la mirada hacia él. De hecho, no creo que nadie en el estadio, ni cámaras ni aficionados ni sus propios jugadores, estuvieran muy pendientes de él, ya que apenas unos metros más hacia delante estaba dando comienzo uno de los momentos más recordados de la historia del fútbol. El genio se estaba volviendo loco.

Segundos antes alguien había accionado la megafonía de San Paolo para armonizar la espera de los aficionados que allí se habían dado cita. Estoy muy seguro de que esa persona nunca se hubiera imaginado la que estaba apunto de liar tras pulsar el play, pero ya no había vuelta atrás, la música comenzó a sonar y aquel genio de abdomen acentuado y cabellera generosa decidió que era un buen momento para bailar, así que se puso manos a la obra. Quizás era consciente de que todas las cámaras lo miraban, de que esos aficionados no le quitaban los ojos de encima. Quizás el sabía que sus compañeros de equipo esperaban algo que los hiciera relajarse ante lo que se les venía encima. Puede que por todo eso, decidiera empezar a bailar para contentar las pretensiones de todos los que le rodeaban.

Y comenzó. Levantó unas piernas de valor incalculable y las empezó a mover de un lado para otro, sintonizando el vaivén de sus caderas con la música que estaba sonando en el estadio. Tras esto, una serie de posturitas rápidas para calentar el resto del cuerpo antes de coger su instrumento favorito, el balón. Una vez lo tuvo entre sus pies ya no pudo parar. El ritmo de aquella canción de "Opus" se le había metido en la cabeza y su cuerpo actuaba como si lo único que le importaba en aquel momento era el no perder la sintonía. La pelota se deslizaba entre sus extremidades en un control perfecto de la situación, la bola iba pasando de los pies a la cabeza sin tocar el suelo, intercalando giros más propios de un bailarín de ballet que de un futbolista. Los aficionados lo miraban boquiabiertos. El Diego lo había vuelto a hacer, acababa de regalarnos otro momento histórico.

Aquella tarde, la ciudad de Nápoles vivió uno de los mejores momentos de su historia futbolera. El todopoderoso Bayern de Múnich, gran favorito a alzarse con el título de campeón de la UEFA, hincó las rodillas en el césped de San Paolo y quedó apeado de la ansiada final. Una final que posteriormente se llevarían los napolitanos al vencer al Stuttgart por 5-4 en el global de la eliminatoria, consiguiendo así su primer y único título a nivel internacional de su historia. Una tarde mágica, precedida de uno de los momentos más grandiosos de la historia del balompié. Siempre nos quedará el recuerdo del Diego meneando las caderas ajeno a toda la presión que el partido contenía de por sí. Live is life, Diego.