23 de noviembre de 2012

El fracaso de un proyecto sin confianza


El Miércoles los diarios ingleses amanecían con un claro protagonista, la figura de Roberto Di Matteo, que a lo largo de esa misma mañana dejó de ser entrenador de los 'blues'. La noche anterior, el Chelsea era apalizado por la Juventus en Champions. Era la confirmación del fracaso de un proyecto que ya nació torcido, porque Abramovich nunca confió en el técnico italiano.

Pero es una historia que comienza algo más atrás. El magnate ruso se encaprichó la temporada pasada de André Villas Boas, por el que pagó al Oporto 15 millones de € para liberarle de su contrato y situarlo rumbo a Londres. Era su gran apuesta. El estilo del Chelsea,  tradicionalmente basado en la fuerza física, una defensa ferrea y un contragolpe mortal, cambiaba, en busca de un fútbol más elaborado, creativo y con la asociación como idea. Todo se fue a pique mucho antes de lo esperado, ni en juego ni en resultado Villas Boas respondió a la confianza depositada en él, e incluso el vestuario le dejó solo. Abramovich buscó una solución de urgencia, Roberto Di Matteo. El único objetivo era que la temporada no acabara en descalabro, es decir, asegurar un puesto en Champions para el próximo curso. El objetivo fue cumplido por la senda más gloriosa. El Chelsea se coronaba campeón de Europa ante el Bayern en el mismísimo Allianz Arena de Múnich. Las formas fueron las de antaño, un equipo duro, físico, con la solidez defensiva como punto fuerte. Para ver un mínimo atisbo de construcción en el juego 'blue' había que esperar a que la pelota llegase a los pies de Mata. En la parcela ofensiva, prácticamente todo se confiaba a las innumerables virtudes de un solo jugador, Didier Drogba. El gran artífice. Por el camino, los de Di Matteo se adjudicaron también la F.A. Cup. Abramovich conseguía así su gran obsesión desde que arribara en Londres, y lo hacía en la temporada más complicada en un principio. Todo debía ser felicidad por Stamford Bridge, pero al todopoderoso ruso le seguían importando las formas. La victoria del Chelsea fue más milagrosa que una consecuencia de su juego, por lo que se avecinaban cambios. Incluso después de acabar con un éxito mayúsculo la temporada, Di Matteo fue cuestionado.

Finalmente, este verano no hubo novedades en el banco, pero si en el plantel. Llegaron Marko Marin, Oscar, y sobre todo Eden Hazard, la gran estrella. Quedaba nuevamente de manifiesto la intención de abogar por un nuevo patrón de juego. En la cabeza de Abramovich, el ganar gustando, el conseguir la admiración de todos. El Barça o la selección española como grandes ejemplos. Pero la mesa cojeaba significativamente por una de sus patas, la del mediocentro. En la zona de tres cuartos se había comprado mucho talento. Hazard, Oscar, Mata...son capaces de hacer las delicias de cualquier espectador, pero prácticamente ningún equipo que tenga el juego asociativo como principio puede manejarse sin un mediocentro organizador puro. Ese que dicen que estuvo a punto de llegar y Di Matteo frenó. Obi Mikel, Oriol Romeu o incluso Lampard haciendo las veces de pivote, son insuficientes si lo que se pretende es llevar el peso del partido. Eso lo ha notado el equipo en este inicio de temporada, donde no ha conseguido brillar en cuanto a juego, y tampoco ha sido clara su superioridad en lo que a resultados se refiere. El Chelsea se ha convertido en un equipo espeso, que sufre cuando tiene la pelota en la salida, ante la ausencia de un referente que haga enlazar el juego desde la defensa hasta la zona de tres cuartos.

Como era de esperar, la cuerda se ha roto más pronto que tarde por el lado más débil. Abramovich ha decidido dar otro cambio de timón, nuevamente en el banquillo, y confiar en que el cambio de técnico (el noveno desde que es propietario del club) sea la solución. Atrás queda Di Matteo, un entrenador en el que jamás confió plenamente, puede que por falta de renombre y también porque su estilo de juego no era el buscado, pero que le ha dado al Chelsea el título más importante de su historia, y a Abramovich su principal objeto de deseo desde que se hizo con el poder del club.


Llega Benitez, con un pasado que le hace ser odiado


No ha tardado el conjunto 'blue' en buscar sucesor. Como era de esperar, un técnico de mucho prestigio, con nombre, títulos y un amplio bagaje a sus espaldas. Llega Rafa Benítez. En su carta de presentación una gloriosa etapa en Valencia, un sonoro fracaso en el Inter, pero sobre todo, un magnífico trabajo en el Liverpool, donde fue durante varias temporadas rival directo del Chelsea de Mourinho por aquel entonces. Este es el principal motivo por el que los aficionados no le reciben con ningún cariño. Cuando Villas Boas fue cesado la pasada temporada, el nombre de Benítez ya sonó para aterrizar en Stamford Bridge, y la hinchada dejó clara su oposición a dicha elección con cánticos ofensivos para el técnico extremeño.   Por tanto, son varios los retos que se le presentan al técnico español. Para empezar le toca enderezar la nave de un equipo con talento, oficio y experiencia, pero falto de equilibrio en posiciones claves. Viendo a todos los equipos por los que ha pasado, de él se espera que haga del Chelsea un bloque compacto, sin fisuras, y que al mismo tiempo no sitúe obstáculos a la creatividad. También hay grandes expectativas en ver si Benítez será capaz de sacar la mejor versión de Fernando Torres, quién se convirtió en uno de los mejores arietes de Europa a sus órdenes y que nunca se ha reencontrado consigo mismo desde que firmara por el Chelsea. Tal y como dijo el propio Rafa en su presentación, tiene la posibilidad de sumar cinco títulos. Uno de ellos, la Champions, empieza a peligrar, tras complicarse enormemente su pase en la fase de grupos. Abramovich deja atrás nuevamente la filosofía de otorgar casi la misma importancia a ganar que a gustar. De momento, el único objetivo vuelve a ser triunfar dejando en un segundo plano las formas.